Cosas que nadie nos contó sobre el Roscón de Reyes

Esta es la historia de roscón cuya receta pasó de las casas humildes a las mesas monárquicas; de esconder un haba a guardar monedas de oro en su interior; de ser un simple bollo a convertirse en una colorida y escarchada corona. Nadie se salva… es tiempo para el Roscón de Reyes

Por Susana Gómez

El Roscón de Reyes no puede faltar en las fiestas navideñas, sobre todo la víspera y el
día 6 de enero. Tomado como desayuno o merienda, especialmente en compañía de
una taza de chocolate, su origen se remonta a la Antigua Roma y poco tiene que ver
con la llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar.

Comer el famoso bollo es casi una obligación e incluso el sentir esas ansias por encontrar la sorpresa pero… ¿qué esconde realmente en su interior?

YO ME LO CREO TODO. Parece ser que este bollo con forma de rosco procede de la torta de miel, higos, dátiles y frutos secos que los romanos comían durante sus populares, floclóricas y carnavelescas fiestas “Saturnales”; unas fiestas que celebraban, entre el 17 y el 23 de diciembre, el fin de la temporada de la cosecha y el inicio de los días con luz. De ahí que el poeta Catulo bautizara este festejo como ‘El mejor de los días’. Durante esos días se realizaba un sacrificio en el templo de Saturno, se hacía una gran banquete público, se disfrazan y danzaban como un auténtico carnaval y se intercambiaban regalos. Y por supuesto, se comía la famosa rosca. En el interior de dicho pastel se introducía un haba seca como símbolo de prosperidad y fertilidad y aquel al que le tocara, además de buena suerte, gozaría de la distinción de ser “Rey de Reyes”.

CON LA IGLESIA TOPÓ LA ROSCA.  Cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio, esta costumbre pagana desapareció aunque resurgió en algunos lugares como Francia donde arraigó con fuerza entre la aristocracia y la realeza que se reunía para comer el roscón y celebrar “le Roi de la fave” (El Rey del haba). Se dirigía sobre todo a los más pequeños y el niño que encontraba el haba era agasajado con regalos y atenciones. Con el tiempo, sin embargo, se convertiría en todo lo contrario –de ahí parece venir la expresión “tonto del haba”- y que te tocara era signo de mal augurio.

JUEGO DE REYES. En el siglo XVIII, para agradar a Luis XV, gran amante de la pompa y el lujo, su cocinero escondió una moneda en la masa (algunos dicen que fue una piedra preciosa, otros una joya, e incluso la figura diminuta en oro del propio monarca…). Al rey le gustó tanto que popularizó este dulce bollo. Posteriormente llegaría a España de la mano de Felipe V, primero a la aristocracia y a la burguesía, para después extenderse a todo el pueblo.

NADA DE HABA QUE YA NO SE LLEVA ESO. Hoy la moneda se ha transformado en la imprescindible sorpresa que lleva todo roscón de Reyes: la consabida figurita. El haba pasó a mejor vida y apenas aparece, como también se va disipando la tradición de pagar el roscón a quien le toca dicha sorpresa y/o haba.

HAY ALGUNOS QUE DICEN… Además, algunos cuentan que el roscón de reyes actual tiene relación con la corona de adviento, en la que los católicos ponían 4 velas en representación de distintas virtudes y con la que celebraban la llegada de la Navidad. También hay quienes piensan que la figura interior de este postre recuerda al niño Jesús, escondido por María y José, para salvarlo de Herodes y quienes ven en el roscón un símbolo de la corona de los Reyes Magos con las frutas emulando sus joyas de colores incrustadas.

LAS FRUTAS ESCARCHADAS… LO QUE SIEMPRE QUEDA DEL ROSCÓN. Pese a que hoy tienen más detractores que defensores, nadie sabe a ciencia cierta a quien se le ocurrió ponerlas en los roscones pero se cree que empezaron a aparecer en España a finales del siglo XIX, época en que se empleaba habitualmente esta forma tradicional de conservación de la fruta.

A muchos pasteleros les gusta utilizar estas frutas azucaradas porque es lo que mejor se pega a la masa y menos alteraciones sufre durante el horneado, aunque hay otros que han decidido suprimirlas en sus roscones y poner solo azúcar, almendras y, como mucho, trozos de naranja confitada.

El proceso de escarchado es lento: tras blanquear ligeramente las frutas en un óptimo estado de maduración, se bañan varias veces en un almíbar para que pierdan su humedad y el dulzor penetre en toda la pulpa, luego se les añade el colorante y más azúcar y se ponen a escurrir para que aparezcan las características escamas. La mayoría de las pastelerías las compra ya escarchadas para sus roscones.

Con el paso del tiempo, y al convertirse el roscón en una tradición típica del día de Reyes, se ha generalizado la idea de que la fruta escarchada, con sus vivos colores, representa las gemas y esmeraldas que Sus Majestades de Oriente llevaban en sus coronas y en sus túnicas.

 

 

 

 

 

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